18 de febrero de 2017
Apariencia
Todo parecía tan fácil en aquel tiempo y hasta creíamos que seríamos felices, no pensabamos en la muerte y nuestro único miedo era perdernos de la vista de mamá.
Mirabamos distinto cuando jugábamos afuera de casa, o en la escuela y no importaba con qué, si juguetes o tortitas de barro.
Nada nos faltaba mientras el plato de guiso y el mate con pan estuviesen servidos en la mesa al menos dos veces en el día.
Y no nos preocupaba el mañana, estábamos demasiado ocupados en el entonces y porque al mañana lo planificaba la señora que nos lavaba la ropa, cocinaba y nos cuidaba.
De peleas no entendíamos, los murmullos pasaban desapercibidos, nuestra atención estaba puesta en los gritos de los changuitos, que jugaban hasta las diez de la noche en las calles porque tampoco comprendiamos de la inseguridad esa que hablan hoy en los noticieros.
Desconocíamos el dolor, nuestro sufrimiento era una caída que dejaba un raspón o una lastimadura que pronto cicatrizaría y luego mostraríamos orgullosos a los amigos rememorando la hazaña que a los demás admiraría.
Y nuestra inocencia era divertida. Los adultos por ello sonreían, y si reían era por lo gracioso de la mezclilla de ésta junto con la torpeza. Torpeza de infante.
El cielo; el aire; la vida; las personas, todo parecía bueno.
Nos presentaron a la enfermedad.
Luego percibimos la ausencia de la joven que con prisa llegaba de fregar pisos para entrar en su hogar y repetir lo mismo para sus retoños, pero que lo hacía con amor y sacrificio.
Supimos que a veces cuando enferma el pilar, se enferma la estructura y sentimos el dolor. Y a diferencia de un raspón no deja de arder y acrecenta con fuerza.
Y celebramos el último cumpleaños de la pequeña que podía ver en los ojos de la mama la tristeza.
Nos acostumbramos a las prolongadas ausencias y casi todo era un misterio. La vimos esforzarse por ocultar las lágrimas cuando comenzó a morírsele la belleza, la superficial.
Creíamos en un Dios porque así lo quería, y suplicábamos en su casa pero no nos oía.
Nos desentendimos del tiempo porque temprano nos despedimos.
Y sentimos la muerte. Envidiamos a los que todavía sonreían hasta el punto de llegar a odiarlos.
Conocimos el hambre, que el hombre es egoísta ante su dolor.
Padecimos la injusticia porque nos cansamos de escuchar que las personas no valoran lo que tienen hasta que lo pierden. Y exclamamos como pudimos con el puto nudo en la garganta: ¡¿Valorar en qué tiempo? Si no lo tuvimos!
Sufrimos la soledad porque parece que cuando te abandona uno, te abandonan dos, o todos.
Entendimos que solo a esa mujer le importábamos, logramos advertir la hipocrecía de los que decían estarían siempre.
Y nos quedamos mirando, escuchando, soportando la crueldad... Aprendimos repentinamente.
Pero adelante seguimos, ya sin nadie que volteara a vernos. Y fuimos todo lo que nos fue arrebatado aunque nunca lo notamos.
Aguantamos, y cuanto. Nos resentimos de los buitres que se aprovecharon de nuestro desierto.
Crecimos...
Más tarde hubo un tiempo en el que parecíamos felices, es que el tiempo también apacigua.
Nos separamos y volvimos. Nos separamos.
Sin embargo como desde el adiós, solo estamos nosotras.
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