Me perdí en algún estribillo.
¿Qué escribía?
Suicidé las musas,
incendié el resplandor.
Borré las cintas,
ya no quedan testigos.
No.
Iba a voltearme a mirar,
lo juro por su dios.
Incliné la cabeza y me sangró
el corazón,
no lo pensé tanto:
cinta aislante a la voz.
Ahora ya no grita,
ahora ya no llora
ni siquiera es historia.
¿Existió?
¿Sobre qué escribía?
Perdón,
me perdí en la segunda estrofa.
Desenfoqué los ojos ,
ya no los miró.
No me diga que están ahí,
yo no los veo.
Gris sobre vivo,
todo parece tan viejo.
No es contemporáneo,
yo no lo conozco.
¿A quién espero?
Ya no pienso,
ya no me acuerdo.
ya no pierdo el tiempo.
No me pregunte.
No tengo prisa,
estoy de paso.
Siempre haciendo nada,
yendo a todas partes,
quedándome en ningún sitio.
¿Qué es esa cosa flotando en la mejilla?
Oh, mire, se lo dibujo:
un sentimiento partido al medio.
¿Qué tiene mi rostro?
De cerca se ve mejor:
una mirada muerta,
una sonrisa olvidada
y la vergüenza mirando al suelo.
¿Si conocí el cielo?
Debo haberlo olvidado
en el bolsillo de esa camisa,
en la cita de aquella esquina quizá,
o en su cara al despertar.
Me estoy tropezando,
hágase a un lado,
estoy olvidando.
No me pregunte,
los recuerdos están supurando.
Me aturde,
¡Callesé, bandido!
¡Suelteme!
Suelteme que lo estoy borrando.
27 de julio de 2016
Indiferente
Vuelve a caer...
nefasto umbral.
No hay oasis para refugiar
su púrpura y deformada alma.
No hay éxtasis suficiente
para un mente perturbada.
No es el mundano mundo
ni los que murmuran.
No es él quien está ahí,
tampoco es quien fue.
Es el que perdió.
El que nunca fue.
Sobre un papel marchito y cansado de llorar se le agita el respirar
Se ahoga.
¡Oh! dice que no puede caminar.
Dejenló no se detengan a observar.
Ignoren sus gritos,
mañana se va a callar.
Muere en cada lágrima.
Revive en cada sollozo.
Vuelve a morir al despertar.
Tragedia griega gobernando su cabeza.
Dejenló, mañana se va a callar.
Dejenló, Freddie le dijo que el show debe continuar.
nefasto umbral.
No hay oasis para refugiar
su púrpura y deformada alma.
No hay éxtasis suficiente
para un mente perturbada.
No es el mundano mundo
ni los que murmuran.
No es él quien está ahí,
tampoco es quien fue.
Es el que perdió.
El que nunca fue.
Sobre un papel marchito y cansado de llorar se le agita el respirar
Se ahoga.
¡Oh! dice que no puede caminar.
Dejenló no se detengan a observar.
Ignoren sus gritos,
mañana se va a callar.
Muere en cada lágrima.
Revive en cada sollozo.
Vuelve a morir al despertar.
Tragedia griega gobernando su cabeza.
Dejenló, mañana se va a callar.
Dejenló, Freddie le dijo que el show debe continuar.
Uno, dos, tres....
Y te vi caminar por las calles creyendo
que conquistarías por fin el mundo.
Alguna vez pensaste alcanzarías la gloria
imbecilidad del iluso.
Falacias de un mundo sin rumbo,
y más falacias.
Te vi bajar y fingir
te vi esperanzado con la posibilidad de ser como ellos,
fracasaste.
Tomaron tu mano y pensaste que alcanzaría.
Ignoraste la palmada en tu hombro
Cerraste los ojos cuando
el resplandor del momento te encegueció.
Y te vi abrirlos cuando todo retornó oscuro,
no fue más que luciérnaga en la ciudad
Imposible subir nuevamente,
no hay escape en la objetividad, no lo hay...
Fracasaste.
Y miro, observo tu persistencia estrujada,
sometiste tu valor a lo estéril.
Te veo, ya no llorás, pero respirás
respirás igual que antes,
seguís muerto.
Ya no hay tiempo, estás desorientado,
sin regreso y sin Dios.
Unos, dos, tres...
uno dos y tres,
¡subjetividad, subjetividad!
Los gritos no sirven acá.
que conquistarías por fin el mundo.
Alguna vez pensaste alcanzarías la gloria
imbecilidad del iluso.
Falacias de un mundo sin rumbo,
y más falacias.
Te vi bajar y fingir
te vi esperanzado con la posibilidad de ser como ellos,
fracasaste.
Tomaron tu mano y pensaste que alcanzaría.
Ignoraste la palmada en tu hombro
Cerraste los ojos cuando
el resplandor del momento te encegueció.
Y te vi abrirlos cuando todo retornó oscuro,
no fue más que luciérnaga en la ciudad
Imposible subir nuevamente,
no hay escape en la objetividad, no lo hay...
Fracasaste.
Y miro, observo tu persistencia estrujada,
sometiste tu valor a lo estéril.
Te veo, ya no llorás, pero respirás
respirás igual que antes,
seguís muerto.
Ya no hay tiempo, estás desorientado,
sin regreso y sin Dios.
Unos, dos, tres...
uno dos y tres,
¡subjetividad, subjetividad!
Los gritos no sirven acá.
De paso
Ahora que difuminé el tiempo aguardo por el fin,
ahora todo no aturde y la nada incomoda más que el barullo
La relatividad no me conforma y le da sentido al absurdo,
se me muere la inspiración, la busqueda devaluó mi victoria,
¿Qué de esa puta necesidad del vertigo constante?
Jugando ante un rival adepto al partido que goza destrozando amateurs
¡con qué necesidad!
Yo sigo sin dormir, es tu aliento de cabaret,
y sigo sin vivir en la penumbra de mi indecisión.
Demasiado formal... demasiado normal,
todo es gris para dos que lo hacen todo igual.
Se me agita el pensamiento y aquel viejo espacio se amolda al presente
voy de paso otra vez en una lucha inclaudicable
La guerra acaba cuando acaba
¿Cuándo acaba?
Sigo sin dormir, sigo sin vivir
me observan desde el primer palco y sigo desnuda
Qué verguenza el vacío y la mueca de felicidad inconclusa.
Agoniza el sentir, retrocedo al ayer y es hoy.
Dibujé lineas sobre garabatos, me perdí en los colores.
No aprendi a aprender, aprender del truco en los destellos,
de la bruma en tu mirada como las lluvias en feriado.
Suspiros desesperados se pierden en sarcasmo
cierro los ojos y estás lejos a un costado.
Lejos como los sueños atisbados en aquel tiempo,
tiempo que ahora callamos...
Afuera el sol me nubla el espejo, ¿qué importa?
Vos tomame de la mano, yo en la próxima estación me pierdo y vuelvo a ser.
Vos tomame, que una vez más estoy de paso.
D
ahora todo no aturde y la nada incomoda más que el barullo
La relatividad no me conforma y le da sentido al absurdo,
se me muere la inspiración, la busqueda devaluó mi victoria,
¿Qué de esa puta necesidad del vertigo constante?
Jugando ante un rival adepto al partido que goza destrozando amateurs
¡con qué necesidad!
Yo sigo sin dormir, es tu aliento de cabaret,
y sigo sin vivir en la penumbra de mi indecisión.
Demasiado formal... demasiado normal,
todo es gris para dos que lo hacen todo igual.
Se me agita el pensamiento y aquel viejo espacio se amolda al presente
voy de paso otra vez en una lucha inclaudicable
La guerra acaba cuando acaba
¿Cuándo acaba?
Sigo sin dormir, sigo sin vivir
me observan desde el primer palco y sigo desnuda
Qué verguenza el vacío y la mueca de felicidad inconclusa.
Agoniza el sentir, retrocedo al ayer y es hoy.
Dibujé lineas sobre garabatos, me perdí en los colores.
No aprendi a aprender, aprender del truco en los destellos,
de la bruma en tu mirada como las lluvias en feriado.
Suspiros desesperados se pierden en sarcasmo
cierro los ojos y estás lejos a un costado.
Lejos como los sueños atisbados en aquel tiempo,
tiempo que ahora callamos...
Afuera el sol me nubla el espejo, ¿qué importa?
Vos tomame de la mano, yo en la próxima estación me pierdo y vuelvo a ser.
Vos tomame, que una vez más estoy de paso.
D
hoy
Me dice una canción que el corazón se acostumbra a olvidar,
otra susurra que quiero saber de vos cuando ya no esté por acá,
pero no saben... no saben porque yo no canto.
Te envían saludos mis expectativas,
desde un rincón el silencio te besa.
Las cenizas del decimoquinto cigarrillo te piensan,
la fantasía inquieta a la razón:
dibuja una mueca manipuladora y le murmura tu nombre.
Mis ojos te cruzaron caminando por Córdoba,
deberías haberlos visto gritar.
Pero no me sirve la voz, la mente se me enmudece en el intento,
esto soy, en conclusión... a lo mejor es solo bla-bla.
Un par de letras y una película guardada que deberíamos mirar,
es lo que tengo para dar si ni el alma te es suficiente.
Y si querés más, si querés más yo busco, yo encuentro:
Dos canciones que nunca te dediqué,
tres poemas agonizantes y éste asesinando al anterior.
Y una vida... esta vida podrida de vivir muerta.
No pidas lágrimas cuando no cuidaste el lago,
no pidas armonía que este piano está desafinado.
No digas dos palabras y te eches a un costado
ni hagas de cuenta que no estoy escuchando.
Acomodo la subjetividad,
sobra espacio, podés irte,
quedarte no es tu opción aunque te estoy suplicando.
Mas vos siempre te estás yendo a ningún lado.
si yo te vi en la avenida, como te veo cuando te quedás callado,
como cuando no me alcanza todo.
Como cuando te estoy amando.
El gris se puso negro y sin embargo duele menos que ayer
y yo, yo siento más que el domingo, ya sin suplicios, sin sacrificios.
Quieto ahí o moviéndote, te veo.
Hoy puede estar soleado pero yo te aseguro tormenta para el rato.
No, mi amor, no. Es que a mi tan poco no me alcanza.
otra susurra que quiero saber de vos cuando ya no esté por acá,
pero no saben... no saben porque yo no canto.
Te envían saludos mis expectativas,
desde un rincón el silencio te besa.
Las cenizas del decimoquinto cigarrillo te piensan,
la fantasía inquieta a la razón:
dibuja una mueca manipuladora y le murmura tu nombre.
Mis ojos te cruzaron caminando por Córdoba,
deberías haberlos visto gritar.
Pero no me sirve la voz, la mente se me enmudece en el intento,
esto soy, en conclusión... a lo mejor es solo bla-bla.
Un par de letras y una película guardada que deberíamos mirar,
es lo que tengo para dar si ni el alma te es suficiente.
Y si querés más, si querés más yo busco, yo encuentro:
Dos canciones que nunca te dediqué,
tres poemas agonizantes y éste asesinando al anterior.
Y una vida... esta vida podrida de vivir muerta.
No pidas lágrimas cuando no cuidaste el lago,
no pidas armonía que este piano está desafinado.
No digas dos palabras y te eches a un costado
ni hagas de cuenta que no estoy escuchando.
Acomodo la subjetividad,
sobra espacio, podés irte,
quedarte no es tu opción aunque te estoy suplicando.
Mas vos siempre te estás yendo a ningún lado.
si yo te vi en la avenida, como te veo cuando te quedás callado,
como cuando no me alcanza todo.
Como cuando te estoy amando.
El gris se puso negro y sin embargo duele menos que ayer
y yo, yo siento más que el domingo, ya sin suplicios, sin sacrificios.
Quieto ahí o moviéndote, te veo.
Hoy puede estar soleado pero yo te aseguro tormenta para el rato.
No, mi amor, no. Es que a mi tan poco no me alcanza.
Espacio
La sensación de estar en el lugar indicado,
y lucho contra esos infelices dentro mío que todo lo desprecian,
nada les satisface, todo les resulta aburrido...
A veces los odio, otras simplemente nos convertimos en uno. Alexitímica.
El sitio perfecto, la persona perfecta,
entonces una mirada por momentos ahí, y otras como perdida.
Subyacen los miedos, y tropiezo
hasta con las hojas que caen en otoño.
Finjo, lo siento, me abruma, lo quiero.
Y una constante antinomia ejerce el poder.
Me entrego y me sumerjo en un océano de reflexiones que nunca resuelven la ecuación.
Busco y no lo encuentro.
Encuentro y no me cautiva.
Me muero y siento terror.
Vivo y me consumo sin sobresaltos.
Guías de ruta, planos a ejecutar,
todos frustrados por el irresoluto que me habita.
Logro la victoria a través de la traición....
Juego sin saber y solo por ganar, no obstante pierdo.
Una nebulosa me enceguece, y ahí quedo: flotando, flotando.
y lucho contra esos infelices dentro mío que todo lo desprecian,
nada les satisface, todo les resulta aburrido...
A veces los odio, otras simplemente nos convertimos en uno. Alexitímica.
El sitio perfecto, la persona perfecta,
entonces una mirada por momentos ahí, y otras como perdida.
Subyacen los miedos, y tropiezo
hasta con las hojas que caen en otoño.
Finjo, lo siento, me abruma, lo quiero.
Y una constante antinomia ejerce el poder.
Me entrego y me sumerjo en un océano de reflexiones que nunca resuelven la ecuación.
Busco y no lo encuentro.
Encuentro y no me cautiva.
Me muero y siento terror.
Vivo y me consumo sin sobresaltos.
Guías de ruta, planos a ejecutar,
todos frustrados por el irresoluto que me habita.
Logro la victoria a través de la traición....
Juego sin saber y solo por ganar, no obstante pierdo.
Una nebulosa me enceguece, y ahí quedo: flotando, flotando.
¿Y qué voy a hacer con el frío embistiéndome el cuerpo?
¿Qué he de pensar si en tus letras no me encuentro?
¿Dónde marcharé ahora que no hay refugio?
¿De quién hablarán mis versos si te mato?
¿En qué momento descansará mi mente si finjo olvido?
No poseo talento para lo dialógico,
todo lo que tengo está en el umbral de mi mente
y fluye hacia la punta de mis dedos.
Tan poco, quizá nada,
lo sé, y es vano.
¿Quién ha de amarte en tu desvarío?
¿Quién ha de cantarte cuando cerrás los ojos?
¿Quién podrá amarte en la imperfección como yo?
Ninguna, cualquiera.
Mas dudá... dudá que con mi sinceridad.
Dudá de la cordura, y de sus palabras,
dudá de esas melodías ya escuchadas.
¿Qué saben de amar quienes
en su mundo pseudo perfecto
siempre necesitan más superficialidad?
¿Qué sabrán de amarte sí sus ídolos
son terrenales, vulgares?
¿Qué sabrás vos de amar?
Vos que vivís esperando y que ni siquiera mi nada,
que es todo lo que tengo, te alcanzó.
“¿Y qué hago?”,
grita en silencio mi alma pudriéndose.
¿Dónde vuelco todo el amor de mi cuerpo
y de mi espíritu
que son tuyos?
¡Ay, con todo lo que te amo
no pude lograr que te escurrieras de mis manos!
¿Qué hago con los miércoles y los sábados?
¿Los reciclo en otra piel? ¿En varias?
¿Qué hago con la intolerancia de mis sentidos?
¡Ay, con lo que te amo no pude con tu impaciencia!
Y nos extraño,
mi sonrisa duerme en tu futón
y camina por la avenida principal de
esta ahora lúgubre ciudad.
¿Dónde quedarán tus pretensiones
jamás expuestas?
¡Cuánta cobardía… la tuya, la mía!
Y todas mis fantasías acabaron desplomadas
en el subsuelo de tus expectativas.
Mi desgracia siempre detrás,
las caídas constantes
se hacen eco en mí ser.
Tus ojos, mi amor, tus ojos...
siguen frente a los míos, y
la neurosis en tu cordura
deambula en mi cabeza,
me mata y revive para volver a matarme.
Nunca con el sentir tan claro he escrito,
nunca con el corazón tan abierto…
¡Y qué inútil!
Suficiente para mí.
Bien supe escribir tantos versos
en los que mi inconsciente te hallaba
y cientos de estrofas que por vos clamaban.
La cordura planta bandera hoy en mí
y pone fin a esta sinrazón.
Con lo que me resta de corazón,
con el alma muerta
pronuncio por vez última tu nombre y
me fumo las lágrimas.
El dolor despide a estos
pedazos nuestros plasmados en mis letras.
Desangrada grito que es el final…
el final para las mil poesías de amor
que estas manos te escribían.
¿Qué he de pensar si en tus letras no me encuentro?
¿Dónde marcharé ahora que no hay refugio?
¿De quién hablarán mis versos si te mato?
¿En qué momento descansará mi mente si finjo olvido?
No poseo talento para lo dialógico,
todo lo que tengo está en el umbral de mi mente
y fluye hacia la punta de mis dedos.
Tan poco, quizá nada,
lo sé, y es vano.
¿Quién ha de amarte en tu desvarío?
¿Quién ha de cantarte cuando cerrás los ojos?
¿Quién podrá amarte en la imperfección como yo?
Ninguna, cualquiera.
Mas dudá... dudá que con mi sinceridad.
Dudá de la cordura, y de sus palabras,
dudá de esas melodías ya escuchadas.
¿Qué saben de amar quienes
en su mundo pseudo perfecto
siempre necesitan más superficialidad?
¿Qué sabrán de amarte sí sus ídolos
son terrenales, vulgares?
¿Qué sabrás vos de amar?
Vos que vivís esperando y que ni siquiera mi nada,
que es todo lo que tengo, te alcanzó.
“¿Y qué hago?”,
grita en silencio mi alma pudriéndose.
¿Dónde vuelco todo el amor de mi cuerpo
y de mi espíritu
que son tuyos?
¡Ay, con todo lo que te amo
no pude lograr que te escurrieras de mis manos!
¿Qué hago con los miércoles y los sábados?
¿Los reciclo en otra piel? ¿En varias?
¿Qué hago con la intolerancia de mis sentidos?
¡Ay, con lo que te amo no pude con tu impaciencia!
Y nos extraño,
mi sonrisa duerme en tu futón
y camina por la avenida principal de
esta ahora lúgubre ciudad.
¿Dónde quedarán tus pretensiones
jamás expuestas?
¡Cuánta cobardía… la tuya, la mía!
Y todas mis fantasías acabaron desplomadas
en el subsuelo de tus expectativas.
Mi desgracia siempre detrás,
las caídas constantes
se hacen eco en mí ser.
Tus ojos, mi amor, tus ojos...
siguen frente a los míos, y
la neurosis en tu cordura
deambula en mi cabeza,
me mata y revive para volver a matarme.
Nunca con el sentir tan claro he escrito,
nunca con el corazón tan abierto…
¡Y qué inútil!
Suficiente para mí.
Bien supe escribir tantos versos
en los que mi inconsciente te hallaba
y cientos de estrofas que por vos clamaban.
La cordura planta bandera hoy en mí
y pone fin a esta sinrazón.
Con lo que me resta de corazón,
con el alma muerta
pronuncio por vez última tu nombre y
me fumo las lágrimas.
El dolor despide a estos
pedazos nuestros plasmados en mis letras.
Desangrada grito que es el final…
el final para las mil poesías de amor
que estas manos te escribían.
En apariencia
Todo parecía tan fácil en aquel tiempo y hasta creíamos que seríamos felices, no pensabamos en la muerte y nuestro único miedo era perdernos de la vista de mamá.
Mirabamos distinto cuando jugábamos afuera de casa, o en la escuela y no importaba con qué, si juguetes o tortitas de barro.
Nada nos faltaba mientras el plato de guiso y el mate con pan estuviesen servidos en la mesa al menos dos veces en el día.
Y no nos preocupaba el mañana, estábamos demasiado ocupados en el entonces y porque al mañana lo planificaba la señora que nos lavaba la ropa, cocinaba y nos cuidaba.
De peleas no entendíamos, los murmullos pasaban desapercibidos, nuestra atención estaba puesta en los gritos de los changuitos, que jugaban hasta las diez de la noche en las calles porque tampoco comprendiamos de la inseguridad esa que hablan hoy en los noticieros.
Desconocíamos el dolor, nuestro sufrimiento era una caída que dejaba un raspón o una lastimadura que pronto cicatrizaría y luego mostraríamos orgullosos a los amigos rememorando la hazaña que a los demás admiraría.
Y nuestra inocencia era divertida. Los adultos por ello sonreían, y si reían era por lo gracioso de la mezclilla de ésta junto con la torpeza. Torpeza de infante.
El cielo; el aire; la vida; las personas, todo parecía bueno.
Nos presentaron a la enfermedad.
Luego percibimos la ausencia de la joven que con prisa llegaba de fregar pisos para entrar en su hogar y repetir lo mismo para sus retoños, pero que lo hacía con amor y sacrificio.
Supimos que a veces cuando enferma el pilar, se enferma la estructura y sentimos el dolor. Y a diferencia de un raspón no deja de arder y acrecenta con fuerza.
Y celebramos el último cumpleaños de la pequeña que podía ver en los ojos de la mama la tristeza.
Nos acostumbramos a las prolongadas ausencias y casi todo era un misterio. La vimos esforzarse por ocultar las lágrimas cuando comenzó a morírsele la belleza, la superficial.
Creíamos en un Dios porque así lo quería, y suplicábamos en su casa pero no nos oía.
Nos desentendimos del tiempo porque temprano nos despedimos.
Y sentimos la muerte. Envidiamos a los que todavía sonreían hasta el punto de llegar a odiarlos.
Conocimos el hambre, que el hombre es egoísta ante su dolor.
Padecimos la injusticia porque nos cansamos de escuchar que las personas no valoran lo que tienen hasta que lo pierden. Y exclamamos como pudimos con el puto nudo en la garganta: ¡¿Valorar en qué tiempo? Si no lo tuvimos!
Sufrimos la soledad porque parece que cuando te abandona uno, te abandonan dos, o todos.
Entendimos que solo a esa mujer le importábamos, logramos advertir la hipocrecía de los que decían estarían siempre.
Y nos quedamos mirando, escuchando, soportando la crueldad... Aprendimos repentinamente.
Pero adelante seguimos, ya sin nadie que volteara a vernos. Y fuimos todo lo que nos fue arrebatado aunque nunca lo notamos.
Aguantamos, y cuanto. Nos resentimos de los buitres que se aprovecharon de nuestro desierto.
Crecimos...
Más tarde hubo un tiempo en el que parecíamos felices, es que el tiempo también apacigua.
Nos separamos y volvimos. Nos separamos.
Sin embargo como desde el adiós, solo estamos nosotras.
Mirabamos distinto cuando jugábamos afuera de casa, o en la escuela y no importaba con qué, si juguetes o tortitas de barro.
Nada nos faltaba mientras el plato de guiso y el mate con pan estuviesen servidos en la mesa al menos dos veces en el día.
Y no nos preocupaba el mañana, estábamos demasiado ocupados en el entonces y porque al mañana lo planificaba la señora que nos lavaba la ropa, cocinaba y nos cuidaba.
De peleas no entendíamos, los murmullos pasaban desapercibidos, nuestra atención estaba puesta en los gritos de los changuitos, que jugaban hasta las diez de la noche en las calles porque tampoco comprendiamos de la inseguridad esa que hablan hoy en los noticieros.
Desconocíamos el dolor, nuestro sufrimiento era una caída que dejaba un raspón o una lastimadura que pronto cicatrizaría y luego mostraríamos orgullosos a los amigos rememorando la hazaña que a los demás admiraría.
Y nuestra inocencia era divertida. Los adultos por ello sonreían, y si reían era por lo gracioso de la mezclilla de ésta junto con la torpeza. Torpeza de infante.
El cielo; el aire; la vida; las personas, todo parecía bueno.
Nos presentaron a la enfermedad.
Luego percibimos la ausencia de la joven que con prisa llegaba de fregar pisos para entrar en su hogar y repetir lo mismo para sus retoños, pero que lo hacía con amor y sacrificio.
Supimos que a veces cuando enferma el pilar, se enferma la estructura y sentimos el dolor. Y a diferencia de un raspón no deja de arder y acrecenta con fuerza.
Y celebramos el último cumpleaños de la pequeña que podía ver en los ojos de la mama la tristeza.
Nos acostumbramos a las prolongadas ausencias y casi todo era un misterio. La vimos esforzarse por ocultar las lágrimas cuando comenzó a morírsele la belleza, la superficial.
Creíamos en un Dios porque así lo quería, y suplicábamos en su casa pero no nos oía.
Nos desentendimos del tiempo porque temprano nos despedimos.
Y sentimos la muerte. Envidiamos a los que todavía sonreían hasta el punto de llegar a odiarlos.
Conocimos el hambre, que el hombre es egoísta ante su dolor.
Padecimos la injusticia porque nos cansamos de escuchar que las personas no valoran lo que tienen hasta que lo pierden. Y exclamamos como pudimos con el puto nudo en la garganta: ¡¿Valorar en qué tiempo? Si no lo tuvimos!
Sufrimos la soledad porque parece que cuando te abandona uno, te abandonan dos, o todos.
Entendimos que solo a esa mujer le importábamos, logramos advertir la hipocrecía de los que decían estarían siempre.
Y nos quedamos mirando, escuchando, soportando la crueldad... Aprendimos repentinamente.
Pero adelante seguimos, ya sin nadie que volteara a vernos. Y fuimos todo lo que nos fue arrebatado aunque nunca lo notamos.
Aguantamos, y cuanto. Nos resentimos de los buitres que se aprovecharon de nuestro desierto.
Crecimos...
Más tarde hubo un tiempo en el que parecíamos felices, es que el tiempo también apacigua.
Nos separamos y volvimos. Nos separamos.
Sin embargo como desde el adiós, solo estamos nosotras.
Muerte a las musas
Había visto morir a tantas,
sentido el sinsabor de la rutina
y la inevitable muerte de la esperanza con el correr del tiempo.
El viento invernal le rasgó la mejilla,
el calor de dos temporadas tras de sí todavía respiraba,
respiraba en dos grandes ojos.
Desafió las estructuras y penetró en ellos
se negó a mirarlos,
asomó con disimulo la vista
y cuando estuvo en ellos no pudo correr.
Y el hielo se fue despejando,
las estructuras cayendo y los astros,
¡ay! los astros dieron un grito al unísono
Fantasías de tardes de café
delirios de noches que embriagasen de whisky
y de sudor,
de la mirada y del nudo en el pecho,
De nuevo las consecuencias forjadas por la inconsciencia.
Y sin embargo no.
Conocía la trampa y el disgusto posterior,
la estupidez de la ilusión,
la consecuente e intolerable neurosis.
Otra vez no y nunca jamás.
Con asco levantó de la alfombra sucia el coraje,
gimió entre dientes y con la lengua anestesiada:
MUERTE A LAS PUTAS MUSAS.
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