Que la pobreza, la desigualdad y la injusticia no me son indiferentes, me resultan irreconcilables con la sociedad nuestra.
Mezquina, hipócrita. Una sociedad que duerme en la falacia de la caridad, en el egoísmo de las posesiones. Un pueblo distraido por la última innovación tecnológica que le modifica la existencia porque tendrá un método más para poder contarle a sus pares el piercing que tiene, el nuevo libro que compró, la marcha pseudopolítica a la que asistió.
Me incómoda formar parte de ese mundo, me enoja ser como ellos y hacer lo que ellos porque debo pertenecer. Llevo mucho tiempo enojado conmigo y mi incapacidad para cambiar el lugar en el que me tocó nacer. Encima no tengo talentos.
Carezco de fe. Tampoco las personas, también, preocupadas por pertenecer inspiran demasiada esperanza con esos intereses que se limitan al programa de baile en tanga de las diez de la noche y a tener un buen fin de semana tras cinco días laborales de mierda.
A nadie le importa y los demás que pensamos diferente no somos capaces de hacer nada.
Entonces arriba la resignación y con ella es difícil continuar, la vida se torna gris y hedionda. No le encuentra uno sentido a la existencia porque está como muerto.
Descreo de aquello que dicen acerca de las pequeñas cosas que pueden modificar el mundo.
Quizá nuestro mayor problema sea la resignación y el conformismo de una manifestación que sale en la primera plana del diario.
Descripto ya, ¿acaso no es deprimente despertar todos los días en este lugar? A diario me siento el sujeto en "el grito" de Munch.
Es desesperante encontrarse al borde del llanto, y es patética la ambigüedad de sentirse bien y bien estúpido por ese torpe sentimiento encontrado.
Luego te hallás rascando el fondo para caer en cuenta de que aunque estudies una carrera social, por más que te recibas, no sirve, la vida seguirá siendo como la conocemos. En el fondo tras rascar, hay nada.
Si lo pensamos bien, todo carece de sentido. Sin embargo, elegimos hacer algo porque aceptarlo es desolador.
Es cierto que hay cosas bonitas por las que vivir, al mismo tiempo también es una certeza que hay que poder pagarlas y las que no, no son tan bonitas o no vienen con el pack enceguecedor; es decir: la vista en el río es preciosa pero el mendigo que duerme en el banquito del borde sigue teniendo hambre.
Por cosas como estas uno no consigue tener paz.
De suerte todavía quedan cosas por las que tener ganas de respirar como el amor, si no es desleal claro; asunto complicado pues encomendamos el alma a los hombres y somos lo que somos: inmodificables.
31 de octubre de 2016
Inercia
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