El miedo palpitaba aquel día que conocí a Daniel, la memoria me incomodaba y encontraba redención en la indiferencia de Joaquín que dormía aquí aunque yo no sabía dónde él estaba. La curiosidad, lógicamente, pudo más.
La barba que lucía entonces resultaba atractiva, sin embargo al cabo de algunos meses le insinué que me hubiera gustado haberlo conocido sin ella. Por supuesto que días después la barba ya no existía y fue un placer sentir su pulcro rostro rozar el mío; conocer y sentir con claridad sus labios. Por dios que es un hombre hermoso, me repetí reiteradas veces.
Me tomó por sorpresa enterarme que Daniel era un ser humano. Tenía por costumbre en aquel entonces fingir interés en las conversaciones banales y asentir con sonrisas o alguna onomatopeya para luego comentar el estado del clima. Sospecho que Daniel se atrevió a usar el cerebro porque jamás tuvo buenas intenciones. Aprendí que hay personas que tienen, a pesar de avanzados años, el optimismo intacto. No tengo derecho alguno a reprocharlo y aún así no lo acepto.
Todo terminó entre Daniel y yo tras reiteradas noches de alcohol, droga y recuerdos ausentes por la embriaguez.
Hubo noches en que lo amé y otras que no supe explicarme por qué estaba con él. Creo que encontramos que teníamos en común la debilidad por el alcohol y porque además nos gustaba estar juntos aunque la mayoría de los encuentros acabasen en conflictos de los que no lográbamos descifrar el disparador porque estábamos muy borrachos.
Otras veces nos dábamos citas en su departamento de la calle Juncal y sólo tomábamos mate porque no teníamos dinero. Hablábamos de todo menos de mí y todo para mí tenía sentido porque al menos yo no tenía necesidad de idealizarlo ni proyectar. A veces no hablábamos y él tocaba el piano con sus manos venosas, sus manos grandes, las mismas que odiaba cuando en la calle disimuladamente me rozaban las tetas o se deslizaban hacia mis muslos; las mismas manos que amaba cuando lo hacían en su cama.
Recuerdo haberlo subestimado en ocasiones porque Daniel es mejor escribiendo que hablando. A veces justificaba sus dichos con respuestas tan fanáticas como las de un militante kirchnerista y una acababa entendiendo como debe ser estar en una relación con Gabriela Cerruti.
La mayoría de la noches que estuvimos juntos no tuve el más mínimo interés en hacer las normales suposiciones que hace uno cuando dice estar enamorado. Sin embargo, hubo una noche particular en que la imaginación se me voló lejos y sentí temor pensando que algún día eso que teníamos y que por más que no llegaba a ser un noviazgo, podría verse arruinado por la prisión que representa estar en una pareja. Sentí temor, si. Pero también fue la confirmación de aquella duda que hacía tiempo me generaba repulsión.
La noche que me dijo por primera vez adiós, él ya buscaba encerrarme, hasta había reforzado los barrotes de mi celda. Le insistí con nada de esperanza y mínimas sutilezas que no me dejara. ¿Por qué querés cambiar esto por una torpe ilusión? Le pregunté. Fue vano para el optimismo de Daniel.
Años después sentada en un antro de Constitución que había conocido en mi peor momento de vicio, pensé en él.
Un hombre del que no recuerdo el nombre merodeaba mi encanto por aquel entonces y francamente yo no quería estar sola, pero era una piltrafa también en ese tiempo, así que le rogue que se quedara, le lloré tanto que me recordó la vez que mi padre me golpeó en el piso y tuve que suplicar para que no continuara. Sin embargo, eligió irse y cuando salió por la puerta del brazo de un travesti, me sequé las lágrimas de cocodrilo, me pedí un red label y lo de siempre al dominicano de camisa tropical.
Supe que Daniel hubiese merecido la súplica teatral hecha al homosexual aquel con el que me acostaba para sentir que alguna parte en mi todavía estaba viva. Y recordé también que con todo su optimismo, Daniel dijo que algún día me arrepentiría.
"Creo que la vida es demasiado complicada como para todavía darle una mano". No entendía lo que decía Daniel por entonces. Tampoco hoy lo tengo claro, al menos no del todo.
La barba que lucía entonces resultaba atractiva, sin embargo al cabo de algunos meses le insinué que me hubiera gustado haberlo conocido sin ella. Por supuesto que días después la barba ya no existía y fue un placer sentir su pulcro rostro rozar el mío; conocer y sentir con claridad sus labios. Por dios que es un hombre hermoso, me repetí reiteradas veces.
Me tomó por sorpresa enterarme que Daniel era un ser humano. Tenía por costumbre en aquel entonces fingir interés en las conversaciones banales y asentir con sonrisas o alguna onomatopeya para luego comentar el estado del clima. Sospecho que Daniel se atrevió a usar el cerebro porque jamás tuvo buenas intenciones. Aprendí que hay personas que tienen, a pesar de avanzados años, el optimismo intacto. No tengo derecho alguno a reprocharlo y aún así no lo acepto.
Todo terminó entre Daniel y yo tras reiteradas noches de alcohol, droga y recuerdos ausentes por la embriaguez.
Hubo noches en que lo amé y otras que no supe explicarme por qué estaba con él. Creo que encontramos que teníamos en común la debilidad por el alcohol y porque además nos gustaba estar juntos aunque la mayoría de los encuentros acabasen en conflictos de los que no lográbamos descifrar el disparador porque estábamos muy borrachos.
Otras veces nos dábamos citas en su departamento de la calle Juncal y sólo tomábamos mate porque no teníamos dinero. Hablábamos de todo menos de mí y todo para mí tenía sentido porque al menos yo no tenía necesidad de idealizarlo ni proyectar. A veces no hablábamos y él tocaba el piano con sus manos venosas, sus manos grandes, las mismas que odiaba cuando en la calle disimuladamente me rozaban las tetas o se deslizaban hacia mis muslos; las mismas manos que amaba cuando lo hacían en su cama.
Recuerdo haberlo subestimado en ocasiones porque Daniel es mejor escribiendo que hablando. A veces justificaba sus dichos con respuestas tan fanáticas como las de un militante kirchnerista y una acababa entendiendo como debe ser estar en una relación con Gabriela Cerruti.
La mayoría de la noches que estuvimos juntos no tuve el más mínimo interés en hacer las normales suposiciones que hace uno cuando dice estar enamorado. Sin embargo, hubo una noche particular en que la imaginación se me voló lejos y sentí temor pensando que algún día eso que teníamos y que por más que no llegaba a ser un noviazgo, podría verse arruinado por la prisión que representa estar en una pareja. Sentí temor, si. Pero también fue la confirmación de aquella duda que hacía tiempo me generaba repulsión.
La noche que me dijo por primera vez adiós, él ya buscaba encerrarme, hasta había reforzado los barrotes de mi celda. Le insistí con nada de esperanza y mínimas sutilezas que no me dejara. ¿Por qué querés cambiar esto por una torpe ilusión? Le pregunté. Fue vano para el optimismo de Daniel.
Años después sentada en un antro de Constitución que había conocido en mi peor momento de vicio, pensé en él.
Un hombre del que no recuerdo el nombre merodeaba mi encanto por aquel entonces y francamente yo no quería estar sola, pero era una piltrafa también en ese tiempo, así que le rogue que se quedara, le lloré tanto que me recordó la vez que mi padre me golpeó en el piso y tuve que suplicar para que no continuara. Sin embargo, eligió irse y cuando salió por la puerta del brazo de un travesti, me sequé las lágrimas de cocodrilo, me pedí un red label y lo de siempre al dominicano de camisa tropical.
Supe que Daniel hubiese merecido la súplica teatral hecha al homosexual aquel con el que me acostaba para sentir que alguna parte en mi todavía estaba viva. Y recordé también que con todo su optimismo, Daniel dijo que algún día me arrepentiría.
"Creo que la vida es demasiado complicada como para todavía darle una mano". No entendía lo que decía Daniel por entonces. Tampoco hoy lo tengo claro, al menos no del todo.
| ph: Priscila Pry. |
¡Muy bueno!
ResponderEliminarGracias por leer! Un saludo.
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